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Cientos de amigos en un auditorio

No es difícil estar de acuerdo con Paco Ignacio Taibo II cuando lamenta las condiciones de migrantes encerrados en galpones, niños sin oportunidades, las realidades porfirianas de millones de trabajadores, la violencia que colma al país, el abuso de poder y la corrupción.

Tampoco es difícil emocionarse cuando dice que nosotros – dirigiéndose a cientos de alumnos de la ibero – vamos a cambiar la realidad. Si uno está dispuesto a perdonar la falta de matices, Paco Ignacio Taibo II resulta un orador oportuno, elocuente y hasta divertido.

El escritor supuestamente iba a moderar – “yo no voy a moderar, intentaré radicalizar”, se rehusó al principio – una discusión sobre el estado actual de México en la que participarían el rector David Fernández Dávalos, la periodista Carmen Aristegui y el sacerdote activista Alejandro Solalinde. En el auditorio más importante de la Universidad Iberoamericana, sentados frente a alumnos, académicos e invitados, los ponentes hablaron pero de ninguna manera radicalizaron. Ni siquiera polemizaron.

Aristegui intentó encauzar la discusión, pidiendo que se propusieran los mayores problemas del país. Aplausos de todos, alumnos, académicos, conferenciantes. Ella, igual que Taibo II, postuló como candidatos a la violencia y la corrupción. Aplausos. El rector Fernández Dávalos habló sobre el desencanto democrático y los problemas educativos. Más aplausos. Solalinde, obvio, dijo que los migrantes son el grupo más vulnerable. Aplausos y afirmaciones con la cabeza. Recuerdos del movimiento #YoSoy132. Aplausos. Nostalgia de Peña Nieto en el baño. Más aplausos, risas. El gobierno es simulador y ojete, se escucha desde el podio. Aplausos, porras, silbidos.

Lo peor, como siempre, apareció durante las preguntas del público a los ponentes. No hace falta más que recordar al estudiante de comunicación que se atrevió a citar a Neruda para preguntarle a Aristegui por qué es tan perfecta. El consenso general en el auditorio – arriba y abajo del escenario – fue anti mercantilista, a favor de la justicia social, y por la nacionalización de los servicios básicos. La superioridad moral se sentía en cada esquina del Sánchez Villaseñor. Los presentes salieron convencidos, diría García Ramírez, de haber asistido a una revelación inmensa.

El problema aquí no es que no estemos de acuerdo sino que estamos demasiado de acuerdo. Sólo faltaron literales palmadas en la espalda, abrazos entre desconocidos y que juntos cantásemos el himno de La internacional. El único punto apenas polémico fue si Andrés Manuel López Obrador es el hombre que va a cambiar el país. “Equivocado pensar que el cambio está en una persona o una elección y no en la sociedad”, objetó el rector.

Yo estoy de acuerdo con Carmen Aristegui cuando dice que el presidente Peña Nieto sale demasiado en la tele y la radio. También con el padre Fernández Dávalos cuando dice que el agua y la educación y la vivienda no deberían ser productos de mercado. Y con el padre Solalinde cuando dice que no podemos reconstruir un país sobre miles de fosas. Pero a mí la universidad me gusta cuando es universal.

Ojalá el rector invitara al presidente Peña a hablar de los spots, al secretario de Hacienda a explicar las políticas de la administración y a Carlos Mota con todo y gazné a defender el modelo neoliberal. Si seguimos invitando a nuestros afines corremos el riesgo de sólo apapacharnos y de no cuestionar nuestros propios ideales ni las certezas de los más radicales.

Rector Fernández Dávalos, la universidad en la que yo creo es una universidad abierta, que busca el debate, donde podemos escuchar a nuestros adversarios sin miedo al disenso. Demostremos que nuestras ideas son mejores y más justas. Vivir en sociedad es fundamentalmente una conversación. Tengamos esa conversación también con los que llevan Atlas Shrugged bajo el brazo. No hacerlo solamente nos hace peores.