El comensal desdichado

Una fila que apenas sobrepasaba la decena de personas, un aroma atípico al de las recurrentes franquicias de cafeterías estadounidenses y más bien parecido al de los molinos veracruzanos o chiapanecos, un bullicio universitario en cuanto a la edad con solo un par de excepciones de pelo grisáceo denotando la experiencia que seguramente iban a compartir a las aulas y, por supuesto, un invitado tan indeseado como necesario que rompía con la bonita y aromática fotografía.

Decidí aguardar en una banca observándolo mientras terminaba el codiciado café. Siempre callado pero con la boca bien abierta, recibiendo lo que le pusieran enfrente, así fuera una lata de aluminio o una manzana ya en descomposición. No tardó en llenarse y al cabo de apenas una hora y media, más que satisfecho, optó por evacuar antes del cambio de turno, lo que para él era sinónimo de la segunda comida del día.

Frío o calor, mañana o tarde, aquellos que fungieron como camareros le llevaban la misma y triste elección gastronómica que sus deseos cocinaban minutos antes de que le sirvieran la colación. Él, sin emoción alguna, aceptaba. Para su buena suerte terminó otra hora pico y eso solo significaba una cosa: descanso. Pero mi incrédula suposición le quedó mal.

Ahora, ambos, tendríamos que caminar quizá un kilómetro dentro del palacete de ladrillos para llegar a una de sus zonas menos concurridas y más oscuras también. En el lugar, se reencontró con homólogos, unos con mejor suerte que otros, pues a diferencia de mi ahora compañero, ellos tenían una dieta poco más especializada: ingiriendo algún tipo de alimento exclusivamente, sin que se contaminaran de las extravagantes combinaciones de los ya mencionados camareros.

Pero lo que parecía ser la gestación de una relación, terminaría más temprano que tarde porque mi cuasi amigo fue montado y llevado por un camión rumbo a lo que espero sea solo una limpieza intestinal.