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En México para estar segura es mejor quedarse quieta

Mara Fernanda Castilla decidió salir de fiesta el jueves 7 de septiembre de 2017. Cuando quiso regresar a su casa, solicitó un auto de la empresa privada Cabify; el viaje duró 44 minutos y seis segundos… a Mara le costó 117 pesos y la vida


Está por cumplirse un año y medio desde que Mara, la joven estudiante de ciencias políticas de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, fue violada y brutalmente asesinada por el conductor de la empresa que prometía brindar un servicio seguro.

Cabify sigue sin asumir responsabilidad alguna del crimen. El asesino Ricardo Alexis D. sigue sin ser procesado y sin recibir una condena; posiblemente no tenga ningún tipo de sentencia a raíz de un error en el debido proceso por parte del Ministerio Público. Como si nada hubiera ocurrido aquella madrugada del ocho de septiembre, de las voces que gritaban “Justicia por Mara”, ya no se oye ni el eco.

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Mara Fernanda Castilla / Animal político

Lamentablemente el caso de Mara es uno de millones al hablar de violencia de género en los espacios públicos. El transporte (tanto público como privado) representa el tercer escenario donde las mujeres están más inseguras en México. Y Mara no ha sido la primera, ni por supuesto será la última, que ha tenido que rendir cuentas de un viaje con su propia vida.

Es un hecho, nacer mujer en México significa nacer con una desventaja, pues por más que se han hecho intentos de que las mujeres, quienes representan 51% de la población nacional, de acuerdo con las proyecciones poblacionales del Consejo Nacional de Población (Conapo), tengan una participación significativa económica, social y política, no pasan de ser más que eso, intentos y no realidades.

Las personas de sexo femenino deben de lidiar con una inminente y constante disparidad de género. La Organización de las Naciones Unidas Mujeres (ONU Mujeres) reportó en su Informe anual de resultados destacables 2017, que la brecha salarial es de 30 por ciento a diferencia de los hombres, las mujeres sufren de discriminación laboral o violencia sexual en sus centros de trabajo, y las desigualdades continúan en la política, donde sólo representan el 14 por ciento. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía en 2016, 75.3% del valor del trabajo no remunerado en labores domésticas fue realizado por mujeres.

Es un hecho, ser mujer en México y utilizar cualquier tipo de transporte significa ser una muy posible víctima de violencia de género. Siguen ocurriendo, y ascendiendo los índices de este tipo de violencia en medios de transporte (tanto en el sector privado como en el público), Moverse en este país, siendo miembro del sexo femenino, es ser como un objeto con un tiro al blanco entre los ojos. Es exponerte a miradas lascivas, chiflidos, albures, insinuaciones, comentarios sobre tu forma de vestir o tu físico en general, ofensas o humillaciones por el simple hecho de ser mujer, que te tomen fotos y videos sin tu consentimiento, tocamientos, amenazas de agresiones, golpes, violencia física, acoso sexual, violaciones: es exponerte a la muerte.

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Diagnóstico sobre la violencia contra mujeres y niñas en el transporte público de la ciudad de México / ONU Mujeres 2017

Pues no importa si son las nueve de la mañana y estás en un vagón rosa del metro, o las diez de la noche en un auto de Uber, todas pudimos haber sido y todas somos Mara. Todas (y todos) somos víctimas de manera directa o indirecta de la violencia de género en los transportes.

Xiadanni Reyes, una mujer de 26 años, redactora para CAPITAL México, comparte sus experiencias como usuaria del transporte público y privado, y como profesionista.

Hace un par de semanas fue a desayunar con su mamá, posteriormente se dirigieron a la estación del metro para que ella llegara al trabajo. Su madre le dijo: “te cuidas, y me avisas cuando llegues, quiero saber que no te pasó nada”. Xiadanni pensó que no había de qué preocuparse, pues era de día y “no llevaba ropa provocadora, ni pantalones pegados, no imaginé que iba a pasar algo”. Aunque menciona que para las mujeres que se mueven en transporte el sufrir algún tipo de acoso es pan de cada día; muy posiblemente alguien se te pegará, alguien se quedará viendo tus piernas, alguien te tocará de manera indeseada.

Un sondeo de la Fundación Thomson Reuters develó que México tiene el sistema de transporte más peligroso para las mujeres entre las cinco ciudades más grandes del mundo, aproximadamente tres de cada cuatro mujeres en Ciudad de México no tienen confianza en usar el sistema de transporte sin riesgo de acoso, abuso o violencia sexual, y admitieron que la seguridad es el tema de preocupación clave cuando se trata del transporte público.

Al bajar las escaleras, Xiadanni sintió cómo le agarraban los glúteos. Su reacción fue gritar lo más fuerte que pudo. “el señor que lo hizo se me quedó viendo. Atónito, el hombre le dijo: “perdóname”; le regresó el celular, el cual había robado y después salió corriendo. Dice que mucha gente la escuchó y se asomó para ver qué pasaba, pero que nadie hizo nada.

En el mismo estudio de la Fundación Thomson Reuters se reveló que 155 de 200 mujeres encuestadas afirmaron que los pasajeros suelen hacerse de la vista gorda al presenciar un abuso.

El incidente la dejó muy agitada, asustada y avergonzada, pero decidió continuar su trayecto y meterse al vagón. “las personas vieron mi cara y sabían que algo había ocurrido, pero nadie me preguntó si me había pasado algo o si estaba bien”. Fue un día terrible para ella y se preguntó qué debería hacer tras ser violentada y abusada de tal manera. Consideró denunciarlo, pero cayó en cuenta que ese proceso no es más que una pérdida de tiempo, que el acto quedaría impune y “que solo sería un número más” de la cifra de mujeres violentadas en el año.

A nivel local, estimaciones del Instituto Nacional de las Mujeres indican que 65% de las usuarias de transporte público de la Ciudad de México ha sido objeto de acoso sexual mientras viaja en el 2017.

Días después, a un amigo de Xiadanni le robaron el celular. Ella, riendo, le preguntó si no le habían tocado alguna parte del cuerpo al hacerlo, a lo que respondió que él nunca iba a pasar por una situación así. “Pues claro, a él nunca le van a agarrar las nalgas después de robarle para ver si está ‘bueno’”.

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Cultura Colectiva

Toda la vida le han dicho que es demasiado ruidosa, que su voz se oye demasiado, que las mujeres debemos de ser discretas y calladas. En una ocasión, una jefa que tuvo le dijo “baja la voz Xiadani, deberías de ser más prudente”. Pero fue justo eso, gritar, lo que de cierta manera le permitió recuperar su teléfono. “recuperé el celular, pero no la dignidad… esa ya no se recupera”.

La reportera cuenta que para llegar a su casa la estación más cercana es la de Lindavista, pero su novio le dijo que se sentía inseguro cuando tomaba esta ruta… ella está de acuerdo. “cuando me bajo, afuera siempre hay chavos jugando fútbol. Una vez sentí cómo me comieron con la mirada y dije: nunca más”. Ahora decide terminar su viaje en la estación Instituto del Petróleo: “camino más, pero me siento más segura”.

Sabe que es una realidad, cuando es muy noche las mujeres que están en el Metro están advertidas que si les pasa algo, “es su culpa”, pues se están exponiendo al estar ahí. “a eso de las 11, once y media de la noche, si en el vagón vamos 20 personas, solo dos somos mujeres”.

El estudio “El porqué de la relación entre género y transporte”, publicado por el Banco Interamericano de Desarrollo en 2015, indica que 40% de las usuarias cambia su vestimenta para evitar ataques en el Metro capitalino, mientras 4.5% afirma haber dejado su lugar de trabajo o estudio por la inseguridad que percibe en este sistema

Discuten sobre los vagones rosas, los cuales dan la opción a las mujeres para que no tengan que convivir con hombres, y así disminuir el riesgo de que se ejerza sobre ellas violencia, “son como floreros; se ven bonitos, parece que armonizan el espacio, pero realmente no sirven para nada”. Dice que el machismo es una bala, y los vagones rosas, son como querer tapar con una curita una hemorragia; sirve para disminuir por unos momentos el impacto, pero tarde o temprano se terminará por desangrar.

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Plumas atómicas

Una solución real implica concientizar a una población, en cuyo imaginario colectivo ha permeado la ideología de que la mujer no tiene el derecho de una movilidad segura y libre, negando así el acceso a derechos humanos básicos y elementales. Básicamente, una población que no cree que hombres y mujeres merecen los mismos derechos. Xiadanni dice que ser profesionista no necesariamente significa estar educado, pues hay una falta de diálogo y de educación a la ciudadanía sobre el tema; alguien que nos diga que tocar, mirar, insinuarse, pegarse a una mujer; es acoso, y que no está bien.

En el ámbito privado, en un reciente estudio Conduciendo hacia la igualdad (Driving Toward Equality), realizado por la International Finance Corporation (IFC) junto con la consultora Accenture, que encuestó a más de 11 mil usuarios y socios conductores de Uber alrededor del mundo, reveló que la mayor preocupación femenina tanto al volante como en el asiento trasero de un Uber es ser víctima de violencia. Asimismo, México, Colombia y Brasil son los países que registran mayor violencia en servicios de transporte por plataformas tecnológicas en Latinoamérica en 2017, de acuerdo con un estudio realizado con Cabify.

El moverse significa poder acceder, habitar, y transitar el espacio, para poder cubrir las necesidades del individuo. Bajo esta óptica la calidad y capacidad de los transportes reflejan la apropiación de los espacios públicos. Un país en el que la mitad de las mujeres que utilizan un medio de transporte son violentadas, habla de un país que no ha aceptado la presencia de la mujer en el espacio, ni en la vida pública ni en la privada, y tampoco respeta su otredad equivalente.

El diseño de las líneas, las características geográficas, la infraestructura del transporte, su accesibilidad, ha sido hecho por y para hombres. Xiadanni dice que desde la construcción del Metro en 68 ha sido así. El transporte es una estructura que acata y reproduce el discurso de la dominación masculina, además refuerza los estereotipos y roles de género.

Compartimos la idea de que se tienen que crear nuevos y mejores espacios. Como todos los grupos vulnerables y vulnerados, las mujeres deben encontrar su voz y su presencia en materia de transporte. Deben de existir más autoridades femeninas dentro de los puestos que implementan y desarrollan tanto la infraestructura como la materia de denuncias y protección de víctimas de este tipo de violencia.

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Proceso

Xiadanni dice “el mundo no se alfombrará para que camines sobre el descalza, pero tú te puedes poner sandalias”. Piensa que así como los actos de violencia de género son actos cotidianos, pequeñas guerras en contra de la equidad de género, así también se pueden hacer pequeñas revoluciones para defenderse. “Si un hombre está sentado ocupando tres asientos y abriendo las piernas, yo las abro más”. En la escala grande y en la pequeña, levantarse en contra de estos actos promueve la debilitación del sistema machista mexicano.

Aunque nos prefieren calladas, las estadísticas, los estudios, las cifras, las historias de vida de las mujeres están gritando, y dicen que en este país para estar segura es mejor quedarse quieta, es mejor no moverse demasiado, es mejor no moverse en lo absoluto.

Pero este no es el país que queremos, queremos un país donde Mara sí regresó a su casa esa madrugada el 8 de septiembre. Donde no se vivan actos cotidianos de violencia normalizada y naturalizada, donde el machismo arraigado no sea uno de los valores nacionales, donde las mujeres pueden habitar y transitar el espacio sin ser violentadas y se respeten sus derechos humanos.

Un país donde al decirle a tu mamá, a tu hermana, a tu amiga, a tu novia, a tu hija, a tu compañera de trabajo “me avisas cuando llegues” no signifique que entre líneas estás pensando “ojalá no te maten en el trayecto”.  

María Borja

Laboratorio de comunicación periodística