Medio ambiente Nacional

La indiferencia política ante decadencia marina

Acapulco de Juárez, además de ser mi hogar, es uno de los sitios más visitados por habitantes de la Ciudad de México; esto, en parte se debe a su cercanía a la capital.

Es reconocido a nivel nacional e internacional por la belleza sus playas y vida nocturna. Es el puerto ideal para disfrutar de una experiencia turística, cuenta con más de 250 hoteles. Sin embargo, en la última década, la bahía ha tenido un declive ecológico, casi tan evidente como el incremento en la inseguridad, lo cual ha tenido consecuencias en la regularidad del turismo.

Después del periodo vacacional de verano 2018, las autoridades de Guerrero, hicieron una declaración de alerta sanitaria, como consecuencia de la gran cantidad de basura que fue encontrada en distintos puntos de la ciudad, sin contar los desechos y productos que fueron arrastrados o tirados en la bahía.

La basura y desechos que desembocan en las playas del puerto de Acapulco incrementan  más de 100% pasando de 12 a 25 toneladas, en temporada de lluvias. Esto tuvo graves consecuencias en un gran sector de la población del puerto, ya que la economía de muchas familias acapulqueñas depende de las actividades marinas.

Entre estas personas se encuentra el pescador submarino profesional Ernesto “Don Sal” Mondragón, quien ha hecho de su vida el mar desde que tenía siete años. En 1980, un grupo de aficionados marinos de Suiza le ofrecieron pagar cualquier curso y capacitación naval, con el fin de que Ernesto formará parte de la tripulación y mantenimiento de su barco de vela, el cual estaba en Zihuatanejo. Eventualmente consiguió su título profesional en Biología Marina y certificación oficial en Open Waters de PADI (Professional Association of Diving Instructors).

Don Sal me citó en el Starbucks de la costera Miguel Alemán 97, a las 8 de la mañana, después de su pesca matutina. Al saludar a Don Ernesto con un apretón firme, me di cuenta que su piel estaba el triple de arrugada y morena desde la última vez que lo vi hace tres años. Conversamos y nos pusimos al corriente con una conversación breve; él cargaba consigo un café negro y una hielera en el que estaba un dorado de tamaño mediano, que había arponeado un par de horas antes.

Tenía planeado vender su pesca del día a alguna pescadería en la calle de James Cook en Costa Azul.

Le pedí que hablara sobre la situación de Acapulco en los últimos años. Él comentó que, irónicamente, los periodos vacacionales y las temporadas altas en turismo son la parte más demandante y agotadora de su trabajo, debido a que la demanda de pescado fresco es más del triple de alta y el aumento de tránsito naval dentro de la bahía ahuyentan a los peces, por lo que Ernesto tiene que viajar el triple de distancia, muy retirado de la bahía donde no solo los riesgos incrementan por la posible hostilidad del mar, sino que le cuesta el triple de gasolina para llevar su panga a mar abierto, ocasionando que el precio final de su producto, si es que consigue, aumente.

Pregunté por qué no cambiaba su método de pesca a uno en el que la inversión y la fatiga sean menores, a lo que contestó que “la pesca submarina es la forma de pescar más digna que hay para el pescador y la más justa para el pez. El tipo de pesca con chinchorro o de redes masivas son las que generan más ganancias y más destrucción. Un hombre allá abajo, dependiendo meramente de su capacidad pulmonar, puede diferenciar a qué le dispara mientras que una red no diferencia una mojarra de una tortuga, un dorado de un delfín”.

Don Ernesto especificó que económicamente es irracional esperar que toda la pesca fuese por medio del el arponaje, ya que la demanda del mercado nunca se vería satisfecha, pero resaltó el cinismo con el cual están reguladas las formas de pesca en la bahía de Santa Lucía, y comparó la legislación al respecto con las calandrias en Acapulco. “Si bien ya son ilegales, siguen abundando en las calles a pesar de ser maltrato animal… las autoridades no intervienen por comodidad y una actividad de crueldad animal se normaliza; es lo mismo con nuestros océanos.”

Después de una hora, llegó Gloria, su hija mayor, con un amigo suyo que es salvavidas. Ella, además de practicar actividades de apnea al igual que su padre, es surfista profesional en la categoría de longboard, y planea poner su academia en Bonfil.

Gloria cree que la posible solución ante el declive de la fauna marina y el aumento de contaminación es una campaña informativa, pues considera que el problema es la falta de información, y que la solución está en concientizar a la población tanto guerrerense como capitalina sobre la variedad de especies marinas que habitan o visitan las costas del Pacífico mexicano.

Ambos contaron anécdotas sobre estas especies, y como cada día escasean estos privilegiados momentos para verlos. Entre las especies mencionadas se encuentran tiburones toro, tiburones chato, tortugas marinas, ballenas jorobadas, rayas, mantarrayas, delfines nariz de botella y medusas, entre una extensa variedad.

Gloria explica que es completamente normal que en la cotidianidad, al ciudadano se le olviden todas estas especies, pero a pesar de no llevar sus desechos directamente al mar, sí la forma en que se procesan no es la adecuada, por lo que es muy probable que el paradero final de los desechos sea el océano.

Ella lo llama el “fenómeno del popote”, y cree que si todos los productos adquieren la misma conciencia por parte del consumidor, similar al reciente caso de los popotes versus tortugas marinas, el impacto ambiental reduciría drásticamente.

“Nadie quiere matar a un delfín… solo se nos olvida que nuestros hábitos tienen un precio que no estamos pagando nosotros… aún”. Ambos, Gloria y su amigo, mencionaron que otra alternativa podría ser el intensivo fomento de los deportes acuáticos, ya que si desarrollas placer o cariño por el mar, no le vas a faltar al respeto, pero descartaron esa opción entre risas, acusando al costeño de ser muy flojo como para hacer ese curso de acción algo viable.

Todos en la habitación parecían coincidir en que el turismo es la base de la estructura económica, no solo de Acapulco, sino de todo el estado de Guerrero y, a pesar de que las cuestiones turísticas aparentan encabezar la agenda política del gobierno estatal, éste, en su desesperación por la situación socioeconómica,  se ha mostrado demasiado permisivo con el fin de “mejorar” la experiencia de los visitantes, sin reconocer los daños irreversibles que conlleva su postura pasiva.

“Si se permite que esto continúe, a la vida en el Pacífico le tomará millones de años recuperarse, y nuestra propia especie probablemente se extinga pronto”, declaró Gerardo Ceballos, investigador de la UNAM y doctor en Ecología por la Universidad de Arizona. Ceballos añadió que la extinción de animales vertebrados en las últimas  dos décadas es 114 veces mayor, contrario a si no hubiera habido actividad humana.

Universidades como Stanford y Berkley ya declararon la situación ecológica global en estado de crisis, y estamos en cuenta regresiva antes de que los recursos se acaben y, si no cambiamos, las consecuencias podrían ser catastróficas para toda la humanidad, sin importar su cercanía con el océano.

Joaquín Alvarez Peña
Laboratorio de Comunicación Periodística