CDMX Nacional

¿Mu(chachas)?

Se estima que en México, 2.4 millones de mujeres están empleadas como trabajadoras del hogar. De estas mujeres, 96% no cuenta con contrato, 97% no tiene acceso a la atención médica, 92% no está inscrita en el seguro social y 30% no cuenta con descansos dentro de sus jornadas laborales

“Llegué a La Ciudad a los 15 años”, platica Lupita, “y estuve como un mes en un trabajo, de lo mismo, empleada doméstica. No me gustaba La Ciudad, me estresaba; estaba acostumbrada a la vida en el pueblo. Me enfermé por eso, porque no me gustaba. Me fui al pueblo pero me tuve que regresar. Mi hermana me platicó de este trabajo y me vine para acá”.

Hoy, Lupita tiene 23 años. Lleva ocho años dedicándose al trabajo del hogar y, a pesar de que la forma en que se siente respecto a la Ciudad ha cambiado, la situación en su pueblo permanece la misma. San José del Rincón, Toluca, es el municipio más pobre del Estado de México, y es el municipio en el que Lupita vivió toda su vida antes de llegar a la Ciudad.

“Estar aquí y estar allá es muy diferente. Las cosas no se hacen igual. Allá todavía muchas personas no tienen agua potable. Tienen que ir a un pozo por agua y al río para lavar su ropa”. Lupita vive en medio de dos realidades completamente opuestas. Entre semana vive bajo las comodidades de la clase media del país, los fines de semana vive en la precariedad de la clase baja.

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“Yo me vine a La Ciudad porque en el pueblo hubo una seca. No había agua, no llovía. Las tierras se cuarteaban, los ganados se morían. Me vine para ayudar a mi familia, para que no murieran de hambre”, cuenta Alfreda, “Freda”. “Con esa condición me salí del pueblo a los 18 años”, afirma. La primera oportunidad laboral que se le presentó: trabajo doméstico.

“Cuando yo recién empecé me fui a trabajar con una señora muy mala”, asegura Freda. “Me hacía llegar desde las siete de la mañana y nunca me ofrecía ni un café para desayunar. Me hacía usar una bata, que ella me daba, porque mi ropa estaba polvosa, y no me dejaba pasar junto a la ropa tendida porque mi cabello estaba cochino”.

A la fecha, con sus 53 años, Freda ha sido objeto de maltrato por parte de sus patrones suficientes veces como para decir que está acostumbrada. No obstante, continúa dedicándose al trabajo del hogar porque, dentro de los trabajos a los cuales las mujeres de bajos recursos tienen acceso, esta es la labor que ofrece mayores beneficios: comida, techo, dos salarios mínimos.

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“Yo empecé a trabajar a los nueve años”, platica Leonor, “Leíto”, sobre su vida laboral. “Cuidaba a una niña de apenas un mes, pero no me exigían demasiado; yo iba más a jugar con la niña”. Algunos años más tarde, Leíto ya se dedicaba de lleno al trabajo del hogar; era empleada de planta.

“Me fui a México a trabajar con una diputada que pagaba muy bien”, relata, “pero abusaban mucho de uno. El día que decidí irme, le pedí a mi hermana que fuera a recoger mis cosas. Los patrones la acusaron de ladrona y la iban a meter a la cárcel. Ya no trabajo de planta, sólo entrada por salida y con personas de confianza”.

Las malas experiencias que Leíto ha vivido desde entonces no se comparan con aquella, pero incluso sus “mejores patrones” han ejercido sobre ella cierto tipo de abuso. “Muchas veces se excusan con decirte que eres de la familia, pero tú sabes que no eres de la familia. Ni aunque los quieras y te quieran mucho; siempre habrá una diferencia entre ellos y tú”.

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Los testimonios de Lupita, Freda y Leíto son fragmentos que, juntos, narran una historia mucho más grande. A pesar de ser distintos, todos hablan de una mujer que, a muy temprana edad, debe salir de su hogar para cuidar del hogar de alguien más, que debe tolerar la violencia (física, psicológica, social, estructural) de aquel desconocido y que se encuentra siempre en medio de una extraña tensión entre el mundo del que viene y el mundo en el que se encuentra ahora. Esta es la historia de la “muchacha”.

“Muchacha” es uno de los términos más utilizados en la zona poniente de la Ciudad de México, para referir a las trabajadoras del hogar. “Muchacha”, “chacha”, “sirvienta”, “gata”, “asistente”, “doméstica”… Hay muchas formas de nombrar a las trabajadoras del hogar, pero a ninguna se le puede quitar el peso de la desvalorización humana de quienes se dedican a eso.

“Es difícil ser chacha, mi niña”, dijo Alfreda al concluir la entrevista. Pero, si dedicarse al trabajo del hogar es difícil, ¿por qué, entonces, tantas mujeres lo hacen? “Es lo que hacen todas las niñas del pueblo, quieren salirse de sus casas para tener las cosas que sus papás no les pueden dar”, explica Lupita.

Ana Farías, integrante del colectivo Parvada, un grupo dedicado a promover el trato digno de las trabajadoras del hogar de Guadalajara, dice que el problema no es que las mujeres se dediquen al trabajo del hogar, sino que ésta profesión sea vista como una labor inferior. Además, a esto se le agrega el racismo, clasismo y machismo de la sociedad mexicana. Encima, está la enredada relación entre empleadas y las familias para las que trabajan que provoca que muchos tratos (impropios en una relación laboral) sean justificados. Juntos, todos estos factores, provocan que el trabajo del hogar no sea dignificado tanto desde lo social como desde lo político.

Los grupos en defensa de los derechos de las trabajadoras del hogar han exigido que se ratifique el convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en el que se establece que los trabajadores del hogar tienen derecho a gozar de 24 horas de descanso semanales (por lo menos), recibir vacaciones pagadas, conocer las condiciones de empleo, elegir su lugar de residencia (no deben vivir en la casa donde trabajan). Este convenio lleva cuatro años en espera de ser ratificado.

Por otra parte, en octubre del presente año, la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), dictó que sí es constitucional que las trabajadoras del hogar no sean registradas en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Según la OIT, México es el país de América Latina con menor porcentaje de cobertura contributiva de los sistemas de seguridad social para las trabajadoras del hogar.

Gracias a la presión social; sin embargo, el ministro de la SCJN, Alberto Pérez Dayán, retiró su proyecto de sentencia. De cualquier manera, esto demuestra la falta de apoyo legal que las trabajadoras del hogar tienen en la lucha por sus derechos laborales.

“Creo que nunca debí de haber salido de mi casa. Me gustaba estar allí, había otras cosas que quería hacer… ya no hice nada, ¿verdad? Pero creo que tenía muchos sueños”, lamenta Lupita. Esta fue la única oportunidad laboral a la que pudo aspirar. “Muchas veces no son trabajadoras del hogar porque era su sueño, sino porque es lo que les facilita cumplir con el rol que se espera de ellas. Los sueños de realizarse profesionalmente son clasemedieros”, explica Ana.

Cuando tantas jóvenes se ven orilladas a dedicarse al trabajo del hogar remunerado, resulta urgente trabajar por la dignificación de su trabajo. “Yo era apenas una niña”, dice Leíto, pero no pudo darse el lujo de no salir de casa. Tenía que trabajar.

Les dicen “muchachas”, pero de muchachas no tienen nada; están obligadas a crecer demasiado pronto. Se trata de un sistema de explotación legitimada, y es necesario ponerle un alto.

Kyara Linnette Muñiz Zurita  

Laboratorio de comunicación periodística