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Cómo es que las compañías de tecnología siempre nos están observando

Ceder tu información a cambio de un servicio es una práctica tan común que hemos dejado de cuestionarnos las consecuencias que esto tiene. ¿Por qué debería importarnos que recolecten nuestros datos?

Estás en la mitad de una junta importante cuando la vibración de tu celular sobre la mesa te interrumpe. El sonido es molesto, pero no tanto como voltear de mala gana a mirar la pantalla y encontrar que es un número telefónico desconocido. Lo miras un momento, tratando de decidir si deberías contestar o no. Es una llamada extraña; puesto que no ha sido realizada desde la compañía de teléfono, es una llamada de WhatsApp. Además, es de video. Antes de que puedas decidir si deberías contestar o no, el celular deja de vibrar y la pantalla parpadea dejándote saber que tienes una llamada perdida. 

No es la primera; has recibido varias durante el mes, pero no les has dado mucha importancia. “Debería bloquear el número”, piensas mientras vuelves a depositar el celular sobre la mesa, boca abajo, como si así pudieras evitar las letras negras que intentan llamar tu atención. En un minuto más vuelves a olvidar la llamada y regresas a tu junta. Ya es demasiado tarde como para hacer algo al respecto de cualquier manera. 

Tu teléfono ya ha sido infectado por un pedazo de software que abrirá tu lista de contactos, tus mensajes, localización GPS, cámara, mensajes SMS, redes sociales, preferencias del sistema, historial de búsqueda en internet y micrófono para cualquiera que se encuentre del otro lado de la pantalla observándote, vigilando. Lo que esperan es que seas de suficiente interés para algún gobierno como para que pasen de la observación a la acción. 

Quizá no seas de los desafortunados que recibieron una llamada con un software diseñado para espiar a personas de relevancia política y social para alguno de los 45 países descubiertos en el informe realizado por el laboratorio interdisciplinario de investigación situado en la Universidad de Toronto, The Citizen Lab, pero aun así eres observado. Cualquiera de las páginas para las que utilizas Facebook como tu cuenta de acceso reportan tu actividad a esta compañía. Esta información, según la propia página de Facebook, incluye las fotografías, los textos, videos, grabaciones, artículos que compras, donaciones que realizas y cuánto tiempo permaneces en el sitio. Aún más invasivo, la empresa declara lo siguiente: “Recibimos más detalles y actividad que los que aparecen en tu actividad fuera de Facebook. Por razones técnicas y de precisión, no mostramos toda la actividad que recibimos. Esto incluye, por ejemplo, la información que recibimos cuando no iniciaste sesión en Facebook o cuando no podemos confirmar que ya usaste Facebook en ese dispositivo. Tampoco mostramos detalles, como el artículo que agregaste a tu carrito.”

¿Qué obtienes a cambio de entregar tu privacidad?  Anuncios relevantes para “personalizar” tu experiencia publicitaria. En realidad, esto significa que te podrán vender cosas con mayor facilidad y podrán predecir los momentos en los que serás más propenso a consumir algún producto. Dicen no vender tu información a nadie, pero eso no significa que la información que ellos acumulan no sea vulnerable a los ataques de hackers, que minen sus fuentes de datos para vigilarte. Estás cediendo tu derecho a la privacidad para obtener alguna aplicación gratis, y eso se ha transformado en una disminución de la libertad no sólo en l virtual, sino también en lo real. 

Seguramente muchas personas pensarán que sus conversaciones acerca de una comida con sus amigos o el chisme de la semana no les importa a estas compañías o a algún gobierno buscando a personas de interés. Después de todo, si se es un buen ciudadano y no se está haciendo nada malo entonces no tendríamos por qué preocuparnos. ¿Verdad? 

“Es esta idea de que si tú eres un buen ciudadano no tienes de qué preocuparte. Si yo no soy delincuente, me porto bien y hago las cosas bien, ¿qué importa que una empresa tenga mis datos? No nos pensamos como parte de una dinámica económica, social y política en la que los Estados y estas empresas comparten los datos. ¿Tú cómo sabes que mañana no vas a tener que salir a las calles a protestar contra el régimen político de ese momento? Estamos tan metidos en nosotros mismos que no vemos la dimensión real de estas cosas”, comenta Porfirio Camarena, académico de la Universidad Iberoamericana que se ha dedicado a la reflexión y el abordaje de temas relacionados con la  comunicación en su vida profesional. 

Según la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares del INEGI realizada el 2018, en México el 65% de la población mayor a 6 años de edad tiene acceso a internet, la mayoría por medio de un dispositivo móvil. El mismo informe reporta que los mexicanos pasan más tiempo en internet para entretenerse o comunicarse que para fines educativos. Sólo el 4.2% de las personas identificaron la violación de la privacidad como un problema importante como usuarios de Internet. 

Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares del INEGI (2018)

La privacidad es la retención de la capacidad de ceder tu información de forma consensuada y con claros acuerdos sobre el contexto y alcance de esta acción. La identificación de datos, su recolección, pero sobre todo el proceso de hallar anomalías, patrones y correlaciones en grandes conjuntos de datos para predecir resultados erosiona la capacidad del individuo de elegir en qué términos cede o no su información.  Por lo tanto, el crecimiento de compañías que toman información de nuestros equipos y aplicaciones para darnos publicidad específica y basada en nuestros hábitos genera una preocupación significativa en cuanto a privacidad. Desgraciadamente, la preocupación no es generalizada, pues los aparentes beneficios que nos dan estas compañías de comunicaciones, contenidos y de redes sociales son preferidos. 

“Nos unimos a la ola del optimismo de tener fotos, estar conectados, del progreso. Y estos debates, que cuestionan lo ético de nuestras decisiones como personas digitales, son incómodos porque el utilizar estos medios te da cierto placer. Los likes disparan tus niveles de dopamina y se vuelve como decirle a un adicto al cigarro que fumar está mal”,  afirma Camarena.  

Te vuelves cómplice de tu propia vigilancia. Descargas una nueva aplicación porque tus amigos ya la están usando; te apresuras a llenar las cajas blancas con tus datos mientras juzgas el sitio por su diseño. Te mandan un correo y aceptas los términos y condiciones sin siquiera leer el título. También puede ser que hayas entrado a una nueva página y un molesto letrero sobre algo de unas cookies impide que leas lo que te interesa, así que das tu consentimiento sin saber qué es lo que aceptaste. Sin una reflexión y un uso consciente, estos hábitos propician la pérdida de nuestras libertades y, con ellas, la posibilidad del internet de ser un espacio de conexión. 

Cuando salimos de las ideas románticas de que el internet es solamente un espacio de creación y de comunidad, nos encontramos con una paradoja, puesto  que esta recolección sistemática de datos también podría ser útil.  

Para Claudia Arruñada, quien trabajó en el extinto Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN) y la desmantelada Policía Federal, la recolección de datos significa que hay más información disponible para que los órdenes de gobierno resuelvan problemas de seguridad nacional. “Por ejemplo, el gobierno de Felipe Calderón tenía esta idea de que existiera un programa integral de identificación en el que, con una sola credencial, se identificara toda la información del INE, el IMSS, el SAT y demás instituciones. Esto significaba conveniencia para el ciudadano, pues agiliza trámites burocráticos. Pero, sobre todo, es mayor control”, explica Arruñada.  

Esa conexión de información creaba la oportunidad para un sistema de seguridad más robusto y eficiente que pudiera tener un impacto predecible en el día a día del ciudadano.  “En ese momento, por ejemplo, las extorsiones telefónicas tuvieron una disminución importante, porque se contaba con el registro de voz de las personas que estaban metidas en los penitenciarios. Entonces, cuando llegaba a la Policía Federal una denuncia por extorsión telefónica hacían los cruces de bases de datos y entonces ya teníamos un punto de referencia”. 

En cuanto a lo económico, este modelo de intercambio de información por algún servicio ha significado el crecimiento de la economía digital. Según el INEGI, la tasa de crecimiento de la economía digital pasó del 10% en el 2015 a el 24.4% en el 2018, como resultado de una expansión de los servicios de comunicaciones digitales y la compra de información en línea.  “Nos enfrentamos a los grandes monstruos que, si lo vemos desde un punto frío, pues también son negocios; son economías que también necesitan de ciertas leyes, ciertas normas y estándares para operar, de tal forma que la recolección de información sea redituable” admite Arruñada, a pesar sus dudas respecto a los pesos morales de la descontextualización de la información recolectada. 

A este modelo de economía Shoshana Zuboff, profesora de la escuela de negocios de Harvard, lo bautizó como el capitalismo de vigilancia.  En esta forma de capitalismo, las experiencias de los usuarios en Internet se transforman en materia prima para crear datos, que, a su vez, se vuelven mercancía. Ella afirma que fuimos expuestos a esta nueva lógica de mercado por primera vez en el contexto de la forma de publicidad personalizada. “Esa lógica fue inventada por Google durante la crisis de las ‘punto-com’ (una inmensa burbuja especulativa entre 1998 y 2001, cuando las empresas de internet incrementaron rápidamente su valor en bolsa, que terminó en una caída estrepitosa). Google vendió a sus anunciantes la predicción que salió de su ‘caja negra’, combinada con su acceso exclusivo a datos computacionales. Pero pensamos: ‘¡Ah, esto es simplemente publicidad! No es nada más que un producto de la tecnología digital para crear anuncios en línea’. Eso apartó nuestra atención sobre lo que estaba ocurriendo realmente, que era el hecho de que Google había encontrado una fórmula para predecir comportamientos humanos” dice la investigadora en una entrevista para la BBC .

Shoshana Zuboff

No hay que confundir la tecnología digital y sus aplicaciones, con el capitalismo de vigilancia. Ese error de categoría ha sido propagado por los grandes capitalistas de la vigilancia (Google, Amazon, Facebook) de manera sistemática. Ellos quieren que creamos que así es como funciona la tecnología y que es inevitable, además de beneficioso, que terminemos siendo explotados. 

Mark Zuckerber, uno de los pioneros de este capitalismo de vigilancia con su empresa Facebook, escribió en una publicación en su página personal en el 2015 que su fin era tener un mundo conectado, no solamente con las personas que le importan a cada quien, sino también conectar a las personas con negocios, gobiernos y otras organizaciones. Este pensamiento no hace distinción entre sus clientes que buscan vender un shampoo y los que buscan vender una política pública, cuando ambos tienen un impacto muy diferente en la sociedad. Erich Schmidt, CEO de Google del 2001 al 2011, contestó a cuestionamientos sobre la violación de privacidad y la retención de información del buscador que “si estás haciendo algo que no quieres que los demás sepan, tal vez, en primer lugar, no deberías hacerlo”. En otras palabras, tú como usuario deberías limitarte y no los grandes capitalistas. 

“El problema es que nos han engañado y programado para que pensemos en la conveniencia más que en lo que estamos entregando. Hemos vivido en las últimas décadas una época de gran presión económica y de creciente disparidad de ingresos. Todos tenemos una presión por administrar nuestro tiempo, entonces necesitamos eficiencia y conveniencia, claro. Esto nos ha hecho vulnerables, además de crear círculos viciosos en los que terminamos usando estos servicios gratuitos, queramos o no. Aunque queramos hacer una elección, no podemos, porque se han encargado de que no haya alternativa”, dice Alejandra Argüelles, miembro de Derechos Digitales América Latina, una organización sin ánimo de lucro que tiene como objetivo fundamental el desarrollo, la defensa y la promoción de los derechos humanos en el entorno digital. “El panorama no es alentador, pero lo que es más grave es que el gobierno sigue sin dar claridad respecto a las políticas que adoptará para atender, prevenir y evitar que estos casos de violencia a través de las tecnologías de vigilancia se sigan dando. Porque eso es lo que están haciendo, ejercer una violencia digital que vulnera nuestros derechos”.

Los Estados también han distribuido su propio error de categoría en el que se piensa que entre más vigilancia exista, mayor seguridad habrá. “Esta es una correlación falsa. No es gratuito que hasta en San Francisco se hayan puesto en contra del reconocimiento facial en el espacio público, ni que en Hong Kong justamente se utilizaran esos mismos mecanismos de ‘seguridad’ para identificar manifestantes, ni que en Chile usan láseres para dificultar el uso de las cámaras de reconocimiento facial. Con este discurso, y su pasividad ante las acciones de estas empresas, justifican la pérdida del derecho a la privacidad para amasar poder”, asegura Argüelles. 

Zuboff, por su parte, ofrece una perspectiva optimista de lo que podríamos hacer como individuos para resistirnos a estos abusos. Paradójicamente, esta solución requiere que dejemos de pensar en nosotros como simples individuos. “El primer paso es cambiar la opinión pública para que se conozca la seriedad del problema y para que la gente demande un cambio en las instituciones que permita crear toda una nueva generación de leyes. Como sociedades, tenemos que preguntarnos lo siguiente: ¿queremos vivir en un mundo capitalista en el que quienes nos dominan acumulan riqueza vendiendo comportamientos humanos? Porque ese negocio, la venta de comportamientos futuros, implica consecuencias predecibles para la autonomía humana y para los principios democráticos”.

No se trata de actuar como individuos, sino como sociedad.

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