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Xoco, el pueblo olvidado entre gigantes

"La ciudad de los contrastes crece desmesuradamente, los gigantes se han levantado y son cada vez más impactantes. Nos estamos modernizando."

La ciudad de los contrastes crece desmesuradamente, los gigantes se han levantado y son cada vez más impactantes. Nos estamos modernizando. La capital parece estar compuesta por estructuras de múltiples estilos arquitectónicos que logran coexistir en un territorio limitado. Lo que alguna vez se conoció como el Distrito Federal, capital de la República Mexicana, es ahora la gran Ciudad de México. Una metrópolis multicultural, sede tanto de edificios modernos como de casas antiguas; de palacios y de templos; condominios de lujo y vecindades; complejos inmobiliarios de más de siete torres y pueblos originarios. 

El “exceso de convivencia” tuvo como fin el inminente hartazgo de los pobladores originarios. En el caso particular del pueblo de Xoco es una discusión inconclusa, pero de aparente destino fatal, con relación a las construcciones del complejo inmobiliario de Ciudad Progresiva, ubicado sobre la calle Real de Mayorazgo y Avenida Universidad, donde alguna vez estuvo el Centro Bancomer. 

El gigante se está levantando oficialmente desde 2009, con la intención particular de construir, dentro del complejo, la Torre Mítikah. Una edificación de más de 60 pisos que pretende ser nombrada la más alta de América Latina. Para unos, el sueño de la modernidad absoluta; para otros, la pesadilla del fin de su legado. 

Xoco es uno de los pueblos originarios que aún existen en la Ciudad de México. Tiene el encanto particular de encontrarse junto a Coyoacán, y la desventaja de su envidiable ubicación, ahora conquistada por el creciente gigante del complejo Ciudad Progresiva. 

Según datos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), el pueblo fue una aldea prehispánica teotihuacana. Previo a la construcción del Centro Corporativo Bancomer, en 1977, se hizo un salvamento arqueológico que hizo posible el descubrimiento de la aldea, mismo terreno del desarrollo de la Torre Mítikah, donde se han descubierto algunos entierros prehispánicos.

“El que se haya ahí edificado una iglesia, una capilla es porque ahí había un santuario. Es muy común que los habitantes del pueblo de Xoco tengan figurillas prehispánicas que han encontrado a menos de 3 metros de profundidad. Ahora bien, con excavaciones de más de 30 metros, como las de la torre Mítikah, estamos casi seguros de que han acabado con todos los basamentos prehispánicos y figurillas que se encontraron. En términos no prehispánicos la capilla ha sufrido fracturas principalmente en su campanario y en su estructura que es muy vieja, del siglo XVII. Pero, principalmente, con lo que terminaron fue con ese paisaje clásico. La iglesia fue devorada por uno de los edificios del desarrollo Mitikah y ya no se puede apreciar, realmente, un baluarte novohispano de arquitectura, que era la joya más representativa del pueblo de Xoco, uno de sus orgullos, símbolo que unifica al pueblo y que además, alberga en el interior, muchas obras de arte catalogadas por el INAH”, mencionó René Rivas, habitante de la zona. 

René Rivas, coordinador del Movimiento de Unidad y Encuentro Vecinal (MUEVE) y miembro de la coordinación de la Asamblea Ciudadana del Pueblo de Xoco, enumeró las causas de los daños estructurales que ha sufrido la capilla de San Sebastián Mártir que data desde 1663, un símbolo del pueblo que se está hundiendo y con él una carga histórica irremplazable.

La ubicación de la Ciudad de México siempre ha representado un problema para los capitalinos. La amenaza constante de terremotos, por las particularidades de la zona, y las incontrolables inundaciones, consecuencia de levantar la ciudad sobre un lago, son solo el comienzo de un largo listado de complicaciones para la supervivencia dentro de la metrópolis. “Entre la roca maciza, que se encuentra hasta abajo, y la superficie, hay tierra con venas con agua, conocida como el manto freático, en donde, si se le instala un tubo o una especie de bomba, se puede sustraer agua. Edificaciones como las de estos complejos necesitan atravesar el manto freático para poner pilotes sostenidos de la roca maciza, para formar la base del edificio. Al manto freático se le está sustrayendo continuamente agua para el uso de los ciudadanos”, explicó Rivas. 

Si algunas viviendas, relativamente modernas han sufrido derrumbes por el movimiento de las placas tectónicas, consideremos los daños estructurales físicos que han tenido casas menos reforzadas como las del pueblo de Xoco que, además, tienen que resistir a los movimientos causados por las construcciones y excavaciones masivas de los gigantes complejos. “Justamente, Mitikah nunca se va a hundir por los cimientos que tiene en la roca maciza; pero las casas del pueblo, evidentemente, no tienen esos cimientos. Entonces, todo lo que esté a lado de estas torres se va a empezar a inclinar, como la misma iglesia. Pero no lo hace en horizontal perfecto porque mucho queda anclado a estas torres, en el sentido de que se queda enganchado un extremo de estos terrenos, lo más cercano a Mitikah o a estas construcciones, y lo demás se empieza a inclinar. La iglesia ya tiene ciertos grados de inclinación, que van a ser progresivos y que va a ser perjudicial”, agregó Rivas.

No obstante, la invasión de los gigantes no se detiene en lo visual. El uso del agua es indispensable para la supervivencia, por lo que nadie debería tener prioridad para su uso; pero, como parte de la apropiación del terreno, el complejo solicitó aprobación para perforar un pozo de agua profundo. Permiso que fue concedido por la Secretaría del Medio Ambiente (Sedema). 

Ante esto, René Rivas desglosó las afectaciones que causará tan inocente permiso: “Por otro lado, la extracción inmoderada de agua, se dice que va a ocasionar un colapso. Porque se dice que el techo de las cavernas de agua se han estado vaciando y han colapsado, provocando micro-sismos que van afectando a las viviendas. Además hay un problema de presión de agua. Mitikah tiene cisternas que superan a cualquier cisterna del pueblo. Cuando haya falta de agua, la primera cisterna que se va a llenar va a ser la de la torre y pensamos que ni siquiera le va a alcanzar”. Siendo así, el pueblo de Xoco queda fuera de la jugada por la negligencia de tal aprobación.

Los caminos que trazan las rutas de la metrópolis, parecen haber sido todas planeadas con opuestas intenciones. Las vialidades de la Ciudad de México son de las más grandes fallas del urbanismo. Hay calles diminutas y casi imposibles de atravesar, pero que funcionan como único acceso para múltiples establecimientos, escuelas y comercios. Sin embargo, las más grandes avenidas también tienen la facultad de colapsar en horas determinadas. Somos demasiados, muchos chilangos, necios de vivir en la CDMX. 

Calles como Real de Mayorazgo sufren de este fenómeno, y Fibra Uno, fideicomiso inmobiliario dueño del complejo, se apropió de esta vialidad para sus propios intereses. Lo que provoca que no haya paso para quienes antes circulaban por ahí. Esto suma miles de nuevos automóviles a la zona, aumentando el tránsito exponencialmente. 

Poco a poco se ha ido rompiendo la convivencia entre los gigantes y el resto de los capitalinos. Y los nativos del pueblo de Xoco son los más afectados. Las fallas en la convivencia van más allá del tránsito desmesurado de automóviles, de la privatización de las calles o del colapso irremediable de las casas. Se trata de un problema social, en el que para los nuevos habitantes de la zona, no caben las costumbres arraigadas de años como las exuberantes fiestas patronales, pero sí la apropiación de accesos únicos al pueblo, como la calle Real de Mayorazgo. “Los nuevos pobladores no entran, no conviven y no quieren aceptar las costumbres y el tejido social preexistente. De entrada, primero por los cohetes, porque se vuelven “molestos”, aunque es algo arraigado. Pero ellos también traen sus propias costumbres, traen cientos de perros que pasean a diario y una gran parte no recoge sus heces fecales y la gente del pueblo está muy molesta”, comentó Rivas. Es un choque de culturas torcido, porque quienes deberían de acoplarse a las tradiciones del lugar son los más recientes habitantes, y no lo contrario, reprimiendo rituales característicos del pueblo. 

La gentrificación es un fenómeno evidente. La zona deja de ser lo mismo que antes, con complejos como el de la torre Mítikah, aumentan los precios del terreno, del predial, e incluso, de los establecimientos de comida, generando problemas económicos para el pueblo, quienes acostumbraban pagar precios mucho más reducidos para estos servicios: aumenta el costo de la calidad de vida, volviéndolo inhabitable. 

Este encuentro de culturas ve crecer inconformidades, desplazando discreta, pero contínuamente a los habitantes del pueblo. “Xoco tiene otro problema, hay mucha irregularidad en términos de las justificaciones jurídicas, de propiedad de herencias, de transmisión de terrenos. La mayoría de los terrenos tienen problemas porque los dueños originales, bisabuelos o tatarabuelos murieron y no dejaron testamento. Hay conflictos de familias en donde se están peleando por los terrenos. Entonces los beneficiarios de todo ese problema son las mismas constructoras que traen el poder adquisitivo de resolver con abogados, a veces en meses o semanas, que resuelven estas irregularidades, encuentran esa división entre las familias y una necesidad económica fuertísima. Entonces llegan, les compran el problema, y se quedan con el plusvalor del terreno”, agregó Rivas. 

Los gigantes se aprovechan de las irregularidades para apropiarse de los terrenos. El pueblo de Xoco no puede defenderse de los gigantes corporativos. Es una invasión perfectamente legalizada.

La exclusividad es la evidencia de la división social en nuestro país. Los complejos inmobiliarios invaden los terrenos, el hogar de familias que han obtenido sus casas de generación en generación, cuidando las tradiciones y la riqueza de su cultura. Ponen un gigante junto a ellos, y además, les niegan la entrada. Una división de clases en la que una aplasta a la otra. Se pierde la convivencia para conocer a los vecinos, a la gente que te rodea. La familia que siempre compartió el terreno, se convierte en un completo extraño que te niega la entrada a su territorio, pone gigantes muros para dividirse y deja en el olvido a todo un pueblo. 

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